sábado, 14 de abril de 2018

Decadencia

No puedo considerarme críptico porque soy constantemente traspasado. Incluso las grietas que creo más íntimas de mi ser quedan desnudas en determinados momentos. Por eso he intentado dejar de esconderme en ellas. No es que hable un lenguaje único, o que mi pensamiento sea un código secreto. Cuanto más complejo me parecía todo mis explosiones internas han sido todavía más beligerantes, de tal manera que cualquier cripta que pudiese tener, que yo pudiese ser, se ha convertido en polvo soplado. 

Cuando se cae, la exposición se hace más palpable. Incluso la idea de la muerte ajena en un círculo más o menos cercano lo encuentra a uno en un estado mucho más tenue. Pero todavía confío que la debilidad reconocida es victoria. Cada vez me siento más fragil, más extraño en medio de un escenario al que no reconozco, y las distinas partes que lo forman lo saben. Y no es que intente aparentar. Tampoco podría.

Me pregunto si durante el tiempo que estoy escribiendo esto he desatendido a mi entorno. Si, después de haber perdido todas mis grietas, trato ahora de esconderme detrás de cada palabra, de cada letra. O si son un grito cobarde en forma de lenguaje digital. Una representación de la voz del egoísmo, compuesta entre días de lluvia, tazas humeantes de infusión y canciones tristes que mezclan el country y la electrónica. Hay momentos en los que pienso que la electrónica está destrozando la música. 

Ni siquiera sé si quería escribir algo o es una imagen de mi propia decadencia, que me lleva a insistir en ello. A insistir en darle la espalda a la puerta de salida y permanecer en la escena de lo que me resulta extraño. Donde me abruma el hecho de saber que haya voces preguntándose por qué no escribo canciones de amor, poemas de gozo incombustible. 

No hay explicación porque no soy críptico. Porque no guardo tesoros o deshechos en las esquinas de mi mente. Porque soy débil y creo que eso es victoria, pero yo no me siento todavía victorioso. No es una cuestión de culpa, sino de reconocimiento de la caída. Es únicamente entonces, cuando alguien cae y se da cuenta de ello, que puede, al menos, comenzar a pensar en el levantamiento.

viernes, 23 de febrero de 2018

Lo más bonito que he pensado hoy

No tenía pensado recibir visitas hoy. Supongo que no se puede detener una inundación. Que simplemente llega y te ocupa. Transforma todo tu ser. Tu ojo mira de diferente manera y en la cabeza sientes el aroma a esa infusión que tanto te gusta. Incluso cuando ignoras el tiempo de la etiqueta de la bolsa y el agua se amarga un poco. Solamente un poco. No más. Y, aún así, ese regusto amargo, ese desenlace final que te recuerda que el momento se acabó y ya no dura, suena diferente si escuchas, también, una vez inundado. 

Hoy no esperaba emocionarme con tu canción. ¿Acaso importa cuál? Simplemente has vuelto a generar música de unos pensamientos maltrechos, de una piel de cenizas que a tu sonido no se puede interrumpir. Entonces caía el sol, pero yo he visto el día más colorido. Y ya no he bajado a la calle para tumbarme junto a las hojas que se caen, porque sentía suficiente fuerza como para quedarme sujeto al árbol. En la rama de la vid que verterá su añejo en verano. O en invierno, eso no importa. 

Esta tarde no habían cerezas para mi taza de té. No me importan los sabores y el dulce me empalaga. Después odio esa sensación y me arrepiento. No eres azúcar ni eres sal. Tan sólo me vuelves a envolver entre vapores de niebla, escondido en el hueco de la roca. Tampoco lo esperaba, pero tú no miras mis relojes. Las agujas que me alejan del recuerdo y trocean mi pretensión. No importa cuál porque ahora eso también está inundado de ti. 

Siento que me castiga el no haber previsto que esto pasase. El no haberte esperado. ¿Me atormentará la ausencia que ha sido inundada? Y no tengo ningún derecho a hablar de ausencia, cuando he sido yo el que ha bajado a la calle para estirarse junto a las hojas sin preocuparse de que el viento lo arrastrase. Pero, incluso en el viento, podía escuchar el eco de tu cascada cayendo sobre mí. Erosionando la roca. Haciendo trizas las compuertas en las que había enterrado el entendimiento por miedo. Por ser irracional.

martes, 20 de febrero de 2018

Abstracción No.2

Me pregunto cómo debe sentirse el viento al ver que sus intentos de conversar fluyen entre nuestros poros de desatención social a lo invisible. Y si hay alguien que ha llegado a comprender ese sentimiento. Quizás alguien que se haya sentado enfrente de una ráfaga a preguntárselo. Personalmente, soy de los que piensan que somos aire, además de tierra. Además, suelo considerarme sensible a las invisibilidades, si es que no soy yo mismo una. Pero también es habitual en mí discrepar de mis propias consideraciones y nunca estoy seguro del momento en el que parar. De ser autocrítico.

Porque eso es algo que pesa. La invisibilidad. Al menos para mí, se ha convertido en una carga que, más allá de la evidente imposibilidad de ignorar, se hace tan tangible, tan fuerte entre mis manos (o lo que creo que son mis manos), que desconozco hasta qué punto hay una fusión entre nosotros y toda mi existencia está basada en eso. En lo invisible. Como otro intento vano por parte del viento, de establecer alguna comunicación con alguien en una mañana fría de invierno.

Tangible no es lo mismo que material. Es más, si tuviese reputación en los círculos de lingüistas del país, o generase algún tipo de influencia en la esfera pública, o (dejémonos de engaños) me acompañase el escándalo mediático y una abultada nómina me permitiese emplear mi tiempo en sutilezas sociales, entonces propondría los conceptos de tangible y material como antónimos. Porque cuando hablo de que la invisibilidad se hace tangible y fuerte entre mis manos no me estoy refiriendo al hecho de poseer algo en un momento determinado, como si ahora fuese a la cocina y cogiese una manzana del frutero.

Eso, sin duda, sería algo material. Una posesión patente y que se concreta en un uso determinado y durante un momento previsto. Por ejemplo, cada día tocamos el capitalismo, lo desenvolvemos, adornamos nuestras casas con él, lo masticamos y ya está. Una fracción de segundo. Quizás menos. Mañana es hoy y ya no hay nada. Pero yo no ejerzo poder sobre esa invisibilidad. Es una conjugación. Entiendo que mis manos no son, en ese momento, sino una metáfora. Otro elemento más en una bella referencia al acto de amor que es poder establecer algún vínculo con ese invisibilidad.

No creo que pueda decir que me gustaría ser invisible. No sé si ya lo soy. Siempre he considerado el sentido de la vista como el más susceptible de nuestros indicadores biológicos. A lo que yo llamo claroscuro puede, perfectamente, no ser más que una conversación entre ráfagas de viento. Un grito desesperado en medio de una sordera confusa que no distingue lo invisible de lo visible. Lo que es con lo que se creyó que era.

sábado, 27 de enero de 2018

Abstracción No.1

Nunca me fijo en el dibujo de las cortinas de mi casa. Tan sólo observo las líneas que dibuja la luz del sol en una textura fina y rugosa, al mismo tiempo. A veces, tengo la sensación de que esconden la esencia de una ciudad oculta, llena de rascacielos, donde el tráfico es infernal y la gente, con sus problemas, se cruza por la calle sin mirarse. Sin tan siquiera detenerse a mirar la proyección de su ciudad en las cortinas de mi casa e imaginar allí remotos mundos.

Si ellos, los habitantes de esa otra ciudad, contemplasen cómo su huella, las luces encendidas a medianoche, el humo saliendo por los conductos de ventilación, el olor a pescado rebozado, alcanza a reflejarse en el cielo de mi casa, quizás, al acercarme a las cortinas vería algo más allá de la típica terraza decorada con plantas de interior y con una lavadora de trapos recién tendida.

Ahora el brillo de la luz me hace cerrar los ojos y pierdo de vista la terraza. Y pierdo de vista la ciudad. Y entonces siento que no hay vacío, sino un espacio concedido para crear. Me pregunto si la mera observación no será ya en sí misma una creación. Si podría componer una canción con la monotonía del reloj de la habitación de al lado. Si me quedaría dormido en medio del ruido de la ciudad a la que observo desde las cortinas de mi casa.

De repente me doy cuenta de que me he adaptado a ver en la oscuridad. De que, a veces, la noche me produce más calor que todo un día. Y a escuchar en soledad, sin alcanzar todavía a oír todo el ruido que zumba en mi mente. Me pregunto si encajaría bien en la ciudad de las cortinas de mi casa, o tan sólo sería otro habitante más que va y viene y se cruza con alguien y no le mira.

Quizás mi sombra encajaría bien en ese lugar. Ella no está expuesta a la responsabilidad de una realidad determinada. Vaga por donde quiere y no depende ni siquiera de mí. El otro día la vi. El sol se colaba por una ventana pequeña y apareció en la pared del otro lado. Esa desconocida a la que no me queda otro remedio que mirar, en busca de alguna similitud. En busca de alguna referencia a mí.

sábado, 20 de enero de 2018

Gadareno

Hay un hombre que vive en mi barrio. A veces le veo y otras no. Y cuando no le veo tengo la sensación de que el tiempo se ralentiza y tengo que esperar mucho para volver a verle. Me gusta verle. Encontrarlo por la calle y comprobar que está bien. No sé su nombre. No sé nada de él y cuando nos cruzamos nunca nos miramos. Pero cuando a veces le escucho gritar por las noches en la calle a la que da la pequeña terraza de mi habitación, no puedo evitar alegrarme al volverle a escuchar.

Me pregunto si estaré siendo insensible o egoísta al pensar así. Me pregunto si esa sensación de alegría no forma parte de mi anhelo de seguridad y de mis estructuras de comodidad y me ciega la sensibilidad ante mi entorno, ante el sufrimiento que me rodea. Porque el hombre grita. Bueno, habla. Pero su habla son diálogos con nadie más que él y gritando. Pienso en todas las personas del vecindario que debemos oírle. Y no hay nadie que le escuche. Me pregunto si él se dará cuenta de ello. 

Suele moverse dando círculos a las manzanas de la zona. Círculos porque los contenedores están en las esquinas. Empuja un carrito. Abre el contenedor. Mete la cabeza dentro. Unas veces saca algo y lo guarda en el carro. Otras veces no saca nada y sigue caminando. El otro día iba a cruzar un paso de cebra con el semáforo en rojo y una moto le pitó. Agradecía que el motorista no levantase las manos ni insultase. Y que tampoco prolongase el ruido por más de unos segundos. El hombre se detuvo y continuó hablando. Gritando. Él sólo. Me pregunto si creyó que la persona de la moto les estaba correspondiendo de alguna manera. Me pregunto si se sintió correspondido en su diálogo sin receptor. 

¿Puede darse tal sonoridad sin que sea escuchada? ¿Y si eso que yo juzgo como diálogo sin sentido y sin receptor resulta ser un grito de desesperación, un clamor que pide ayuda y tan sólo recibe silencio, o el pito de una moto? No sé hasta qué punto soy deudor de unas palabras, un mero gesto de atención con él. ¿Y si soy yo el encadenado que vaga por sepulcros y no él? Por muchas veces que piense en la escena de Gadara siento que no hago más que vagar por la superficie. Me pregunto si con él también estaré vagando por alguna especie de superficie que me dejar de observarle desde una distancia prudente. Me pregunto qué autoridad tengo para acercarme a él. Me pregunto si sufre y si su sufrimiento es un reflejo de tantas personas que, como yo, estamos oyendo sin escuchar, observando sin ver, siendo testigos de algo mucho más trascendental que lo que se puede atestiguar.


domingo, 7 de enero de 2018

Fluye

¿Acaso puedo controlar el retroceso de las olas? Ni siquiera me he parado a intentarlo. Pienso en el carácter de esta vida. Si no es como una ola. Y detesto pensar algo así. Y detesto recurrir a metáforas tan típicas e inútiles, porque nada de esto tiene que ver con una de esas olas que van y vuelven en el mar. Para empezar, no somos el mar. ¿A qué compararíamos el sufrimiento? ¿A la espuma de una de esas olas? ¿Y qué hay cuando rompen con las rocas de la orilla y estallan en mil pedazos de gotas todavía más pequeñas que el pedazo en sí?

No hay comparación. No hay metáfora, aquí. Todo es un esfuerzo por volver a hablar del sufrimiento. Me pregunto si, quizás, lo que genéricamente hemos denominado alegría no será otra forma, menos agresiva, más placentera, totalmente disimulada por otros condicionantes, de sufrimiento. Quiero decir, cuando apenas has comenzado a ver algo del sol, por muy poco que sea, ¿no aparecen nuevas torres y murallas alrededor, o dentro, de tu propio terreno? Y dale con la metáfora. Tan innecesaria como precocinada. Tan retocada como artificial. El texto lo nota. Me lo repite siempre. Y no le hago caso.

Fluye. Ni todo es un extremo de sufrimiento que te conduce incluso a perder la noción de la sensibilidad y te improvisa en una nueva persona, ni nada es el otro extremo, el de una ausencia total de sufrimiento, que acaba con el desarrollo de todo empatía. Sencillamente fluye. Una aguja baila en el tiempo y la torre que ayer te hacía sombra hoy se cae. Pero al darte la vuelta, se ha levantado otro muro. ¿Y entre todo ello no hay felicidad? (si la entendemos como nuestra visión de la superación del sufrimiento o de la inexistencia de éste mismo, lo cual acabo de escribir que nada es así).

Una gota de agua. Después de recordar lo minúsculo que llego a ser en todo esto, veo que puedo ser lanzado, zambullido,troceado contra rocas, absorbido por arena, como una gota de agua. Porque fluyo. Lo que una vez imaginé como infinito ha resultado lo más transitorio de la transición. Lo que creí que no acabaría, ahora lo siento lejano, distante, sin ningún poder sobre mí, y toda su fuerza se ha desvanecido. Y del cadáver de aquello que me atrapaba nace algo tan bello como la expectación. La espera, prudente pero decidida, de ver qué nuevo trocito del horizonte me es revelado. 

martes, 24 de octubre de 2017

Ficus


Fuera, la ciudad es feroz. Me paro a escucharla desde la ventana. La observo, en plano fijo, claro. Y me parece feroz. No hablo de miedo. El miedo es malo. Se apodera de muchas de nuestras interpretaciones y nos arroja como platos a la pared. Es feroz. Veo un gran abismo desde el alféizar en el que todo el mundo se concentra ante la visión del sufrimiento. Y aparecen voces que gritan, la mayoría del tiempo a través de Twitter, y la ciudad se sacude. Para un lado, para el otro. ¿Acaso importa? Y si importa, ¿qué es exactamente lo que importa? Considero que es necesario aprender a clasificar las magnitudes. El sufrimiento nos pertenece y su vivencia por parte del que sufre es, quizás, una de las cosas más personales en el mundo. Por eso, al mirar arriba, hacia lo incomprensible del universo, caigo en la cuenta de que no puedo asomarme a ese abismo porque mi ventana ya está en él.

Creo firmemente que el silencio también habla y toma parte en el contexto, en el conflicto, en el sufrimiento que le pertenece a uno e incluso en el de los demás. Esto no es un silencio. Tan sólo sentía ganas de escribir. Durante algún tiempo me he sentido algo cansado, desubicado en mi ventana, amenazado por intentos de desahucio identitario. Y aunque todavía arrastro parte de ese cansancio, he encontrado algunas fuerzas, alguna emoción para escribir y hablar. No de mi ventana, sino del ficus verde que hay en el comedor de casa. Me pregunto si no es una contrariedad hablar de un ser vivo como “planta de interior”. ¿En qué momento de la historia de la humanidad aparecen las “plantas de interior”? Me desgarra pensar que haya plantas, que haya seres vivos que puedan quedarse toda su vida en casa sin sufrir al sol o al granizo. Sin reconocer el sufrimiento que les pertenece.

Odio la apología del sufrimiento gratuito o irracional (la apología, no el sufrimiento). Lo hago con la misma fuerza con la que deseo que el ficus pudiese responder a mí pregunta acerca de lo que está haciendo plantado, en el medio de mi comedor. Quizás sea eso lo que cree mirar desde mi ventana hacia el abismo abatido y convulso, donde todo el mundo cree reconocer su propio sufrimiento; un ficus, ajeno, verde, que se arraiga entre las paredes y baldosas del comedor de un piso de 50m2.

Yo no soy un ficus. Por eso me pregunto si las personas que lo observan, asomado desde su alféizar, creen que no sabe reconocer el sufrimiento. Tanto el que le pertenece como el que pertenece a los demás. Y observo sus hojas. Me gusta esa tonalidad de verde, aunque recuerdo que no me gustó el tacto ni el aspecto de sus raíces al transplantarlo. Quizás sea ese su sufrimiento. El no haber reconocido el sufrimiento que le pertenece, ni tampoco el que pertenece a los demás.

Porque aquí ya no importa exactamente el motivo. No hablo de no conocer la fuente de los males. ¡Ojalá pudiésemos cortar esas raíces que tanto nos atormentan y aparcar la guerra de los 140 caracteres! La misma que la de las fotos extraídas del contexto, y que la de las conspiraciones liberal-judeo-conservadoras-palestinas-masónicas-nacionalistas-nixonianas-… Creo que la realidad es determinante y sus acontecimientos, concretos y evidentes. Ella misma reclama prudencia a nuestros ojos observadores y jueces y nos recuerda cómo y qué sufrimiento nos pertenece, lo increíblemente cercano que llega a estar de los sufrimientos “ajenos” y la necesidad, ante toda esta ecuación, de mostrar comprensión y amor, con sentido común y espíritu, y no ser un ficus verde bonito y observador. Otra “planta de interior”.