sábado, 20 de enero de 2018

Gadareno

Hay un hombre que vive en mi barrio. A veces le veo y otras no. Y cuando no le veo tengo la sensación de que el tiempo se ralentiza y tengo que esperar mucho para volver a verle. Me gusta verle. Encontrarlo por la calle y comprobar que está bien. No sé su nombre. No sé nada de él y cuando nos cruzamos nunca nos miramos. Pero cuando a veces le escucho gritar por las noches en la calle a la que da la pequeña terraza de mi habitación, no puedo evitar alegrarme al volverle a escuchar.

Me pregunto si estaré siendo insensible o egoísta al pensar así. Me pregunto si esa sensación de alegría no forma parte de mi anhelo de seguridad y de mis estructuras de comodidad y me ciega la sensibilidad ante mi entorno, ante el sufrimiento que me rodea. Porque el hombre grita. Bueno, habla. Pero su habla son diálogos con nadie más que él y gritando. Pienso en todas las personas del vecindario que debemos oírle. Y no hay nadie que le escuche. Me pregunto si él se dará cuenta de ello. 

Suele moverse dando círculos a las manzanas de la zona. Círculos porque los contenedores están en las esquinas. Empuja un carrito. Abre el contenedor. Mete la cabeza dentro. Unas veces saca algo y lo guarda en el carro. Otras veces no saca nada y sigue caminando. El otro día iba a cruzar un paso de cebra con el semáforo en rojo y una moto le pitó. Agradecía que el motorista no levantase las manos ni insultase. Y que tampoco prolongase el ruido por más de unos segundos. El hombre se detuvo y continuó hablando. Gritando. Él sólo. Me pregunto si creyó que la persona de la moto les estaba correspondiendo de alguna manera. Me pregunto si se sintió correspondido en su diálogo sin receptor. 

¿Puede darse tal sonoridad sin que sea escuchada? ¿Y si eso que yo juzgo como diálogo sin sentido y sin receptor resulta ser un grito de desesperación, un clamor que pide ayuda y tan sólo recibe silencio, o el pito de una moto? No sé hasta qué punto soy deudor de unas palabras, un mero gesto de atención con él. ¿Y si soy yo el encadenado que vaga por sepulcros y no él? Por muchas veces que piense en la escena de Gadara siento que no hago más que vagar por la superficie. Me pregunto si con él también estaré vagando por alguna especie de superficie que me dejar de observarle desde una distancia prudente. Me pregunto qué autoridad tengo para acercarme a él. Me pregunto si sufre y si su sufrimiento es un reflejo de tantas personas que, como yo, estamos oyendo sin escuchar, observando sin ver, siendo testigos de algo mucho más trascendental que lo que se puede atestiguar.


domingo, 7 de enero de 2018

Fluye

¿Acaso puedo controlar el retroceso de las olas? Ni siquiera me he parado a intentarlo. Pienso en el carácter de esta vida. Si no es como una ola. Y detesto pensar algo así. Y detesto recurrir a metáforas tan típicas e inútiles, porque nada de esto tiene que ver con una de esas olas que van y vuelven en el mar. Para empezar, no somos el mar. ¿A qué compararíamos el sufrimiento? ¿A la espuma de una de esas olas? ¿Y qué hay cuando rompen con las rocas de la orilla y estallan en mil pedazos de gotas todavía más pequeñas que el pedazo en sí?

No hay comparación. No hay metáfora, aquí. Todo es un esfuerzo por volver a hablar del sufrimiento. Me pregunto si, quizás, lo que genéricamente hemos denominado alegría no será otra forma, menos agresiva, más placentera, totalmente disimulada por otros condicionantes, de sufrimiento. Quiero decir, cuando apenas has comenzado a ver algo del sol, por muy poco que sea, ¿no aparecen nuevas torres y murallas alrededor, o dentro, de tu propio terreno? Y dale con la metáfora. Tan innecesaria como precocinada. Tan retocada como artificial. El texto lo nota. Me lo repite siempre. Y no le hago caso.

Fluye. Ni todo es un extremo de sufrimiento que te conduce incluso a perder la noción de la sensibilidad y te improvisa en una nueva persona, ni nada es el otro extremo, el de una ausencia total de sufrimiento, que acaba con el desarrollo de todo empatía. Sencillamente fluye. Una aguja baila en el tiempo y la torre que ayer te hacía sombra hoy se cae. Pero al darte la vuelta, se ha levantado otro muro. ¿Y entre todo ello no hay felicidad? (si la entendemos como nuestra visión de la superación del sufrimiento o de la inexistencia de éste mismo, lo cual acabo de escribir que nada es así).

Una gota de agua. Después de recordar lo minúsculo que llego a ser en todo esto, veo que puedo ser lanzado, zambullido,troceado contra rocas, absorbido por arena, como una gota de agua. Porque fluyo. Lo que una vez imaginé como infinito ha resultado lo más transitorio de la transición. Lo que creí que no acabaría, ahora lo siento lejano, distante, sin ningún poder sobre mí, y toda su fuerza se ha desvanecido. Y del cadáver de aquello que me atrapaba nace algo tan bello como la expectación. La espera, prudente pero decidida, de ver qué nuevo trocito del horizonte me es revelado. 

martes, 24 de octubre de 2017

Ficus


Fuera, la ciudad es feroz. Me paro a escucharla desde la ventana. La observo, en plano fijo, claro. Y me parece feroz. No hablo de miedo. El miedo es malo. Se apodera de muchas de nuestras interpretaciones y nos arroja como platos a la pared. Es feroz. Veo un gran abismo desde el alféizar en el que todo el mundo se concentra ante la visión del sufrimiento. Y aparecen voces que gritan, la mayoría del tiempo a través de Twitter, y la ciudad se sacude. Para un lado, para el otro. ¿Acaso importa? Y si importa, ¿qué es exactamente lo que importa? Considero que es necesario aprender a clasificar las magnitudes. El sufrimiento nos pertenece y su vivencia por parte del que sufre es, quizás, una de las cosas más personales en el mundo. Por eso, al mirar arriba, hacia lo incomprensible del universo, caigo en la cuenta de que no puedo asomarme a ese abismo porque mi ventana ya está en él.

Creo firmemente que el silencio también habla y toma parte en el contexto, en el conflicto, en el sufrimiento que le pertenece a uno e incluso en el de los demás. Esto no es un silencio. Tan sólo sentía ganas de escribir. Durante algún tiempo me he sentido algo cansado, desubicado en mi ventana, amenazado por intentos de desahucio identitario. Y aunque todavía arrastro parte de ese cansancio, he encontrado algunas fuerzas, alguna emoción para escribir y hablar. No de mi ventana, sino del ficus verde que hay en el comedor de casa. Me pregunto si no es una contrariedad hablar de un ser vivo como “planta de interior”. ¿En qué momento de la historia de la humanidad aparecen las “plantas de interior”? Me desgarra pensar que haya plantas, que haya seres vivos que puedan quedarse toda su vida en casa sin sufrir al sol o al granizo. Sin reconocer el sufrimiento que les pertenece.

Odio la apología del sufrimiento gratuito o irracional (la apología, no el sufrimiento). Lo hago con la misma fuerza con la que deseo que el ficus pudiese responder a mí pregunta acerca de lo que está haciendo plantado, en el medio de mi comedor. Quizás sea eso lo que cree mirar desde mi ventana hacia el abismo abatido y convulso, donde todo el mundo cree reconocer su propio sufrimiento; un ficus, ajeno, verde, que se arraiga entre las paredes y baldosas del comedor de un piso de 50m2.

Yo no soy un ficus. Por eso me pregunto si las personas que lo observan, asomado desde su alféizar, creen que no sabe reconocer el sufrimiento. Tanto el que le pertenece como el que pertenece a los demás. Y observo sus hojas. Me gusta esa tonalidad de verde, aunque recuerdo que no me gustó el tacto ni el aspecto de sus raíces al transplantarlo. Quizás sea ese su sufrimiento. El no haber reconocido el sufrimiento que le pertenece, ni tampoco el que pertenece a los demás.

Porque aquí ya no importa exactamente el motivo. No hablo de no conocer la fuente de los males. ¡Ojalá pudiésemos cortar esas raíces que tanto nos atormentan y aparcar la guerra de los 140 caracteres! La misma que la de las fotos extraídas del contexto, y que la de las conspiraciones liberal-judeo-conservadoras-palestinas-masónicas-nacionalistas-nixonianas-… Creo que la realidad es determinante y sus acontecimientos, concretos y evidentes. Ella misma reclama prudencia a nuestros ojos observadores y jueces y nos recuerda cómo y qué sufrimiento nos pertenece, lo increíblemente cercano que llega a estar de los sufrimientos “ajenos” y la necesidad, ante toda esta ecuación, de mostrar comprensión y amor, con sentido común y espíritu, y no ser un ficus verde bonito y observador. Otra “planta de interior”.

martes, 8 de agosto de 2017

El ir y el venir

Hoy me ha tocado sentarme en un lateral, frente a la ventana del otro lado. Por eso no dejo de levantar la mirada, de forma intermitente, y mirarme fijamente a los ojos con los diferentes paisajes de fondo. Carreteras y coches esquizofrénicos que se enfadan, pitan y hacen luces. Árboles en medio de la ciudad y túneles. Negro indiscutible. Se me ha hecho de noche por primera vez en varios meses. A la espalda tengo el mar y así es como lo siento.

Y al mirarme a mí mismo pienso en el grado en que me conozco a mí mismo. Entonces este momento resulta sorprendente por lo inimaginable de su realidad. Porque tiempo atrás, no pensaba estar aquí un día com este, mirándome a mí mismo. No lo digo con tristeza. No esta vez, de verdad. Es ese sentimiento el que todavía no he logrado definir en un concepto exacto; el de darse cuenta de que ha llegado lo que parecía improbable, y duele, pero al mismo tiempo amansa esas tensiones interiores, reconcilia los pensamientos previos con las consecuencias de la realidad y da una respuesta soberana a los vacíos existenciales. Porque ¿acaso sabemos para lo que podemos existir? Incluso también para aquellas situaciones que parecen más equívocas.

Voy y vengo. Nada más que eso. Siento que viajo en una estela de sombras y de luces. Días de calor sudoroso y de frío que lo congela todo. No hay un punto intermedio. Y no soy maniqueísta. Ir y venir. Unos días un regalo en el tiempo. Otros días una mochila cargada de piedras. Me lo dicta mi mirada en la ventana. No soy un junco balanceado que va y viene balanceado por el viento. Quizás sea un saltimbanqui en el vaivén de una ola cerrada. Pero me quedo con la idea de que sigo ahí, mirándome en la ventana y esperando. No sé si una ida o una venida definitivas, o qué clase de vaivenes estén previstos. Pero esperando a que el tipo de la ventana deje de mirarme en algún momento.

Porque su mirada se mezcla con la brisa contaminada de la calle y me inquieta no saber en qué está pensando. Por qué hoy se siente especialmente débil. Qué es lo que le hizo, en algún momento de su vida, temer el vaivén imprevisible y desear la quietud. Una quietud que impide ver que existe un poder capaz de perfeccionarse en la debilidad.

sábado, 29 de julio de 2017

Silencio

Nuestra comunicación está sobrevalorada. Es más, creo que en algunos aspectos, como en la cantidad y el contenido, se ha vuelto tóxico. Otro elemento hipócrita de un sistema que se enfoca en la producción masiva.Creo que  trabajamos para producirnos unos medios con los que garantizarnos un cierto nivel de placer/comodidad. Pero luego también debemos producir unas sensaciones cada vez mayores con nuestros momentos de comodidad/placer. Si no no es válido. Y a la hora de comunicarnos, se trata de producir contenidos. Y considero que esto acaba resultando una carga pesada. Yo siento como pesa. Un yugo desde el punto de vista social, que no es lo mismo que un yugo social porque, en al menos una parte, creo que se nos ha impuesto desde los poderes establecidos. 

No puedo decir nada que no se haya dicho yo. Sobre la cultura del ‘post’ creado a propósito para decir algo, cualquier cosa en la s redes sociales o cualquiera de los canales que existen. O bien esas salutaciones protocolarias cuando se encuentra a alguien en la calle y se parlotea sobre algo que realmente no se quiere hablar. Y todo por no caer en el silencio. Por evitar esa visión negativa que se tiene del silencio. Tampoco es nuevo lo de que el silencio también es un canal de comunicación. Simplemente, ahora quiero referirme a ello como una de las mayores muestras de confianza que existen. Confianza entre nosotros y con aquello con lo que nos atrevamos a establecer una comunicación. 

Me siento aislado cuando, en el tren de regreso a casa, el ruido invade el vagón. A veces es obsesivo-paranoico, lo admito. Pero todo el espacio parece ser invadido por montones de pantallas brillantes que emanan ruido. Visual y acústico, pero ruido. Y las conversaciones de tren, en las que los viajeros ocasionales especulan con lo que esperan encontrar a su llegada y no detienen su imaginación en un desenfreno de pensamientos verbales totalmente inútiles. 

En cambio por las mañana, cuando parece que una mano invisible nos haya sacado a todos de nuestras camas para vestirnos y colocarnos en los asientos del tren sin despertarnos, surge una comunicación que me parece de las más fluidas del día. Obviamente no con los pasajeros. No soy un místico del ferrocarril. Sino, repito, con lo que se busca. En mi caso, principalmente son sueños relacionados con experiencias que muchas veces no recuerdo, por eso la comunicación goza de mayor intensidad. También desde un punto de vista de memoria, a partir de vivencias. Y Dios, que está en todos esos momentos, a través de una comunicación espiritual que, en mi caso, donde más cómoda se encuentra es en el silencio, conectando también con esas experiencias, sueños y personas con las que se establece una comunicación. 

He aquí un ejemplo real. El tren se ha dormido. Nadie grita. Ninguna pantalla reluce, fría y estéril en el ambiente. Entonces comienzo a soñar y me imagino hablándome a mí mismo de niño, sobre los giros y vueltas de mi camino hasta ahora. O bien miro por la ventana y encuentro el recuerdo de una tarde de paseo con Diana, planeando el ahora. Y pienso en mi madre y comienzo a sentir el abrazo de cada mañana, al llegar a casa antes de ir al trabajo. Y en todo ello está Jesús, y el cojo, que todavía baila, y también veo a Bartimeo. Y cuando me impongo el decir o pensar algo al respecto, entonces callo porque creo que ya lo he dicho todo. 

sábado, 24 de junio de 2017

La isla, o acerca del engaño selectivo

Hasta cierto punto, vivir en una isla inhabitada e inaccesible, podría ser algo cómodo, bueno en definitiva. Sería una escapatoria al peso de esta vida. Una especie de retiro, apto únicamente para errantes, con olor a coco y granos de arena fina entre los dedos de los pies. Todo en un volumen cordial, en la lejanía del ruido, cuando el silencio parece hablar. Y cuando eso ocurre nuestros gritos se truncan y se quiebran. Entonces nos acercamos a una paz irreal en nuestra esencia, nuestra manera de ser, la forma en la que nos relacionamos. Pero esa isla es un engaño. No existe. La hemos creado para ubicarnos a nosotros mismos en un escenario que inconscientemente puede llegar a ser anhelado, aunque nuestras selecciones en muchas ocasiones (la historia lo demuestra) son dolorosas, injustas y visten por rostro el exterminio.

La soledad es uno de esos sentimientos, en mi caso parcial, que más trabajo me está llevando gestionar. Digo parcial porque en ocasiones se convierte en una necesidad real, pero en otras surge de un vacío infundado, un deseo impuesto. Una carga. Y las cargas pesan, y hacen que este viaje se arrastre a lo largo de su existencia, generando heridas. Heridas que duelen. De ahí que ese tipo de soledad, la que escoge uno considerándola equívocamente como bien medicinal supremo a una realidad recia, que raspa, sea dolorosa.

Yo estoy, por momentos, sentado al borde de la orilla de esta isla que he escogido, contemplando el mar, asustado por el horizonte. No puedo negarme a mí mismo lo necesitado que he estado últimamente de soledad. Eso también sería engañarme. Pero no así. No extirpándome de las circunstancias, persones, hechos (la realidad, en definitiva) que me rodean y encajándome en un espacio pequeño e imaginario, donde pueda llegar a creer que las miradas de fraternidad ajenas no me alcanzan ni me solicitan. Ni yo tampoco las necesito a ellas. ¡Isla de mis dolores!

Nunca he disfrutado tanto la soledad como en esos momentos en los que ha venido ella sola, voluntaria de piedades, a sentarse junto a mí y a distraerme de la mera contemplación. El efecto de ello ha sido empujarme después con mayor fortaleza a esa vida recia y que raspa, con sus cargas pesantes y sus átomos cortantes. Pero siempre amada, entre la costumbre y la aceptación de que no es una casualidad cualquiera sino el espacio desde el que uno debe aprender a contemplar el mar, a oler su sal y a asustarse del horizonte.

Estoy observando a un anciano que ha subido al tren, acompañado de una anciana, y que se remueve en el asiento con gestos lentos y forzados para él. De todo el vagón, no sé por qué he decidido escribir sobre él aquí. Me lo he imaginado joven, bailando en una pista de futbol de pueblo, adornada con guirnaldas de colores y bombillas amarillas. A veces soy un tópico. Ahora paso junto a unas lagunas que para mí son el lugar más bonito de todo el viaje. Están secas y yo pienso en el lugar al que habrá ido a parar el agua que las cubre y que ahora se ha evaporado. No puedo escoger ser una isla cuando no hay mar a mi alrededor.

lunes, 12 de junio de 2017

Supernova busca un espacio en el que explosionar

Creo que somos como supernovas. Debemos ser productores de alguna clase de luz propia, combustible y limitada, manifiesta en todos y cada uno de nuestros movimientos. No estoy hablando ahora en términos espirituales, sino en lo que se refiere a la mera existencia. Vuelvo del trabajo a casa en bicicleta. En los bancos que hay de espaldas al carril, justo al lado, una mujer se come un helado a media tarde mientras un bebé duerme en su carro, ajeno al mundo entero y toda su magnitud, y más adelante dos adolescentes se miran con esa mirada tan bonita y propia de esa edad. Por eso, no es un anuncio pasivo el decir que una supernova busca un espacio en el que explosionar. Es un mensaje absolutamente activo, que requiere de iniciativa y lo más importante de todo: voluntad. 

No es que piense que somos como supernovas únicamente por la clase de luz que se puede desprender de nuestra actividad. Nuestra apariencia existencial también me lo sugiere. Hemos aparecido de pronto, en un momento determinado, cubriendo un vacío que antes no se completaba de nada más que semejante. De la misma manera, mientras venías en bicicleta o estaba sentado en el tren observando el vagón (y no el paisaje), he comprobado imágenes de seres que no se habían proyectado hasta ahora en mi camino y que puede que no lo vuelvan a hacer jamás. Pues eso, como una supernova. Pero en un fenómeno carnalmente más cercano, más entrañable de lo que sería poder llegar a ver una explosión en el espacio, con todo su color y su esplendor. 

Sin embargo, considero que hay algo que nos hace extremadamente similares a una supernova y su proceso, convirtiéndonos, quizás, en una gradación o en un determinado porcentaje del carácter de ésta. Me refiero al hecho de explosionar, o explotar (la primera forma de la palabra tiene una mayor connotación cósmica) ¿Acaso no construimos nuestro propio universo, nuestra propia realidad estelar a partir de explosiones? Me temo, o me alegro, que sí. Incluso cuando no nos damos cuenta de ello. 

Al igual que los albañiles que también he visto pasar mientras iba en el tren, con su mecánico sistema de ubicación y fijación de las tochanas, van alzando una pared, una casa, un castillo, también nosotros viramos alrededor de unos presupuestos 'marca de la casa', autofabricados en base a lo que consideramos que puede servirnos para este objetivo. Experiencias, acciones, recuerdos, conocimientos o emociones, son tomadas como notas de nuestra canción, para alimentar y ornamentar nuestros ritmos y acordes. Y, de repente, todo salta por lo aires. Porque el mayor error, creo, que puede cometer una supernova, o aquello que se le asimile en esencia, es olvidar que estallará. Y a esto añado la idea de que nuestros propios universos construídos son carne de cañón de supernova. Un elemento pajizo que revolotea una hoguera.

No quiero transmitir una visión negativa de estas explosiones. Siempre he considerado que un estallido a tiempo puede salvar gran parte de una vida, sino entera. Obviamente no me refiero a explosiones físicas y reales, sino al desarme de toda una ficción cognitiva tras la que no escudamos, en muchas ocasiones, bien para observar, bien para tender una mano o bien para pedir una disculpa que apacigüe al universo entero. Por eso, el anuncio de "Supernova busca un espacio en el que explosionar" es una declaración de intenciones que demanda acción, y no una espera a que surja un lugar y un momento en el que, como sucede con las supernovas reales y todas su simple grandilocuencia, sencillamente sentarse a estallar. Me gusta pensar que la explosión sin construcción previa es un vacío destructor.