sábado, 24 de junio de 2017

La isla, o acerca del engaño selectivo

Hasta cierto punto, vivir en una isla inhabitada e inaccesible, podría ser algo cómodo, bueno en definitiva. Sería una escapatoria al peso de esta vida. Una especie de retiro, apto únicamente para errantes, con olor a coco y granos de arena fina entre los dedos de los pies. Todo en un volumen cordial, en la lejanía del ruido, cuando el silencio parece hablar. Y cuando eso ocurre nuestros gritos se truncan y se quiebran. Entonces nos acercamos a una paz irreal en nuestra esencia, nuestra manera de ser, la forma en la que nos relacionamos. Pero esa isla es un engaño. No existe. La hemos creado para ubicarnos a nosotros mismos en un escenario que inconscientemente puede llegar a ser anhelado, aunque nuestras selecciones en muchas ocasiones (la historia lo demuestra) son dolorosas, injustas y visten por rostro el exterminio.

La soledad es uno de esos sentimientos, en mi caso parcial, que más trabajo me está llevando gestionar. Digo parcial porque en ocasiones se convierte en una necesidad real, pero en otras surge de un vacío infundado, un deseo impuesto. Una carga. Y las cargas pesan, y hacen que este viaje se arrastre a lo largo de su existencia, generando heridas. Heridas que duelen. De ahí que ese tipo de soledad, la que escoge uno considerándola equívocamente como bien medicinal supremo a una realidad recia, que raspa, sea dolorosa.

Yo estoy, por momentos, sentado al borde de la orilla de esta isla que he escogido, contemplando el mar, asustado por el horizonte. No puedo negarme a mí mismo lo necesitado que he estado últimamente de soledad. Eso también sería engañarme. Pero no así. No extirpándome de las circunstancias, persones, hechos (la realidad, en definitiva) que me rodean y encajándome en un espacio pequeño e imaginario, donde pueda llegar a creer que las miradas de fraternidad ajenas no me alcanzan ni me solicitan. Ni yo tampoco las necesito a ellas. ¡Isla de mis dolores!

Nunca he disfrutado tanto la soledad como en esos momentos en los que ha venido ella sola, voluntaria de piedades, a sentarse junto a mí y a distraerme de la mera contemplación. El efecto de ello ha sido empujarme después con mayor fortaleza a esa vida recia y que raspa, con sus cargas pesantes y sus átomos cortantes. Pero siempre amada, entre la costumbre y la aceptación de que no es una casualidad cualquiera sino el espacio desde el que uno debe aprender a contemplar el mar, a oler su sal y a asustarse del horizonte.

Estoy observando a un anciano que ha subido al tren, acompañado de una anciana, y que se remueve en el asiento con gestos lentos y forzados para él. De todo el vagón, no sé por qué he decidido escribir sobre él aquí. Me lo he imaginado joven, bailando en una pista de futbol de pueblo, adornada con guirnaldas de colores y bombillas amarillas. A veces soy un tópico. Ahora paso junto a unas lagunas que para mí son el lugar más bonito de todo el viaje. Están secas y yo pienso en el lugar al que habrá ido a parar el agua que las cubre y que ahora se ha evaporado. No puedo escoger ser una isla cuando no hay mar a mi alrededor.

lunes, 12 de junio de 2017

Supernova busca un espacio en el que explosionar

Creo que somos como supernovas. Debemos ser productores de alguna clase de luz propia, combustible y limitada, manifiesta en todos y cada uno de nuestros movimientos. No estoy hablando ahora en términos espirituales, sino en lo que se refiere a la mera existencia. Vuelvo del trabajo a casa en bicicleta. En los bancos que hay de espaldas al carril, justo al lado, una mujer se come un helado a media tarde mientras un bebé duerme en su carro, ajeno al mundo entero y toda su magnitud, y más adelante dos adolescentes se miran con esa mirada tan bonita y propia de esa edad. Por eso, no es un anuncio pasivo el decir que una supernova busca un espacio en el que explosionar. Es un mensaje absolutamente activo, que requiere de iniciativa y lo más importante de todo: voluntad. 

No es que piense que somos como supernovas únicamente por la clase de luz que se puede desprender de nuestra actividad. Nuestra apariencia existencial también me lo sugiere. Hemos aparecido de pronto, en un momento determinado, cubriendo un vacío que antes no se completaba de nada más que semejante. De la misma manera, mientras venías en bicicleta o estaba sentado en el tren observando el vagón (y no el paisaje), he comprobado imágenes de seres que no se habían proyectado hasta ahora en mi camino y que puede que no lo vuelvan a hacer jamás. Pues eso, como una supernova. Pero en un fenómeno carnalmente más cercano, más entrañable de lo que sería poder llegar a ver una explosión en el espacio, con todo su color y su esplendor. 

Sin embargo, considero que hay algo que nos hace extremadamente similares a una supernova y su proceso, convirtiéndonos, quizás, en una gradación o en un determinado porcentaje del carácter de ésta. Me refiero al hecho de explosionar, o explotar (la primera forma de la palabra tiene una mayor connotación cósmica) ¿Acaso no construimos nuestro propio universo, nuestra propia realidad estelar a partir de explosiones? Me temo, o me alegro, que sí. Incluso cuando no nos damos cuenta de ello. 

Al igual que los albañiles que también he visto pasar mientras iba en el tren, con su mecánico sistema de ubicación y fijación de las tochanas, van alzando una pared, una casa, un castillo, también nosotros viramos alrededor de unos presupuestos 'marca de la casa', autofabricados en base a lo que consideramos que puede servirnos para este objetivo. Experiencias, acciones, recuerdos, conocimientos o emociones, son tomadas como notas de nuestra canción, para alimentar y ornamentar nuestros ritmos y acordes. Y, de repente, todo salta por lo aires. Porque el mayor error, creo, que puede cometer una supernova, o aquello que se le asimile en esencia, es olvidar que estallará. Y a esto añado la idea de que nuestros propios universos construídos son carne de cañón de supernova. Un elemento pajizo que revolotea una hoguera.

No quiero transmitir una visión negativa de estas explosiones. Siempre he considerado que un estallido a tiempo puede salvar gran parte de una vida, sino entera. Obviamente no me refiero a explosiones físicas y reales, sino al desarme de toda una ficción cognitiva tras la que no escudamos, en muchas ocasiones, bien para observar, bien para tender una mano o bien para pedir una disculpa que apacigüe al universo entero. Por eso, el anuncio de "Supernova busca un espacio en el que explosionar" es una declaración de intenciones que demanda acción, y no una espera a que surja un lugar y un momento en el que, como sucede con las supernovas reales y todas su simple grandilocuencia, sencillamente sentarse a estallar. Me gusta pensar que la explosión sin construcción previa es un vacío destructor.

sábado, 27 de mayo de 2017

Viaje fragilidad

Otra vez he vuelto a quedarme dormido en el tren sin darme cuenta. No es el tren de la mañana, sino el de la tarde, el de regreso. Sucede que, de pronto, pierdo la consciencia del espacio y del tiempo, del ser en general, y desaparezco. No se a dónde voy puesto que no voy allí de manera voluntaria. Es como fuese raptado a alguna especie de estado vital desconocido de lo convencional y habitual. Como si de ser conducido por una fuerza mayor se tratase, he dejado de escuchar las críticas de las adolescentes de delante sobre alguna compañera de clase a la que odian. 

Y el tren se balancea con violencia, a veces, al cambiar de raíl. Pero yo no me despierto. Como si fuese una extensión del vagón, soy llevado de un lado para el otro y mi cabeza de giros en todas las direcciones. Hasta que la voz robótica de la megafonía me despierta anunciando mi parada, la estación de mi destino. Entonces me doy cuenta de que no hay sueños en mi viaje, tan sólo un trayecto contagiado de rutina que ha vuelto a pasar rápido, sin dejarse sujetar. Entonces, me doy cuenta de lo frágil que soy. 

En uno de los traqueteos del tren se ha borrado todo el texto, así que he decidido volver a comenzarlo. No sé si lo hago por mí mismo. Quizás es por ti. O tal vez sea esta fragilidad, que me atormenta con sus constantes intentos de expresarse a través de cualquier elemento que se halle a su alcance. La cuestión es que no creo que la fragilidad se corresponda, simplemente, con el cansancio físico y con el agotamiento emocional. Dos factores muy presentes ahora mismo en mi vida. Si fuese así, sería tan sencillo como tomarse una serie de complejos vitamínicos, para uno de los casos, o bien Prozac, para el otro. 

Hasta ahora no había pensado seriamente en la fragilidad porque estaba evaluando los miles de pedazos en los que volé al saber de mi pequeñez. Así pues, mi condición de pequeño está acompañada de la de frágil. Y no soy frágil por quedarme dormido en un tren. Considero que ni todo el volumen de vitaminas y Prozac que pudiese caber en este vagón podría siquiera ayudara sopesar la fragilidad tal como la estoy planteando. Y mi planteamiento es más profundo que las dimensiones física y mental/emocional. Me refiero a ese (no estoy seguro de escribirlo en singular) aspecto del ser que trasciende más allá de que me quede dormido en un tren, rendido, sin saber cómo. Porque no es la extenuación corporal que pueda sentir, ni el abanico de emociones que se abre cada mañana ante mí y mi bol de muesli con leche, los que provocan que a veces abra los brazos para dejar que el aire me lleve durante el trayecto. Y esto, no como algo positivo, sino como todo lo negativa que puede resultar la imagen de alguien entregándose a su vencimiento. 

Es, más bien, esa fragilidad trascendente la que me quiebra y me muele como a un hueso ya pasado, la que abre mis brazos y luego me hace mirar abajo del acantilado. Es, incluso, la extrae la faceta más minúscula de mi pequeñez. 

No tengo conclusión para estas líneas. Tan sólo sé que mi viaje sigue su paso, con trayectos que marchan y desaparecen, y yo duermo. Duermo desde el momento en el que me pierdo y hasta que fiel voz robótica de la megafonía tiene a bien despertarme. Duermo pero no hay sueños. 

sábado, 20 de mayo de 2017

Esto no trata de mí

Me anegan mis pensamientos. Me siento débil ante la constante sujeción a la variabilidad de mi mente. No creo que sea algo sumamente complejo de entender. Sé que soy más sencillo. Un dado, siempre dispuesto a rodar, más que el cubo de Rubbik, tan aparentemente combinable pero estático en su disposición. Me distraen sus colores, más que su nivel de dificultad. Igual que la era descuidada que veo cada mañana desde la ventana del tren, en lugar de algún edificio comunitario con piscina. Aún no sé si del todo, pero creo haber comenzado a asimilar que esto no trata de mí.

Las cosas se ven inmensas cuando se contemplan desde lo minúsculo de la propia pequeñez. Desde ese punto de vista, los discursos grandilocuentes y las aseveraciones extremas irritan, enfadan, indignan. Porque no pueden la grandeza y la pequeñez no pueden cohabitar en el mismo espacio. No por una simple incompatibilidad, sino por la reacción que puede generar el hecho de juntar a dos fuerzas tan infinitamente opuestas. Por un lado, la grandeza tratará de absorberlo todo a su alrededor y destruirá lo que no sea capaz de incorporar a sí. La pequeñez, en cambio, implica la destrucción de la grandeza. Una explosión de miles de pedazos que se esparcen por el espacio en cuestión.

No puedo describir el momento exacto en que vi mis pedazos comenzaron a volar y alejarse. Ha habido muchas cosas que han influido ene ello. Para empezar, un constantemente reconocimiento de Jesús y su carácter. Por ende, del contexto que me rodea y las personas que habitan en él. E incluso de lo desconocido y simplemente imaginado. Y de repente comencé a sentirme pequeño. No sé explicar el motivo. Pequeño hasta el hecho de sentirme ínfimo. Cuidado. No estoy hablando de desprecio o de aniquilación de autoestima. Tan sólo hablo de reconocimiento. De esa pausa necesaria en el trayecto en la que, inesperadamente, se haya una fuente de respuestas a preguntas que, quizás, ni siquiera me había planteado. Así que, en ese momento, considero justo tener que preguntarme por qué debo empequeñecerme. O también, por qué consentí el engrandecerme. 

Después de ver desvanecida por completo la grandeza que uno se había construido o que tan siquiera había imaginado, bien a través de objetos o de determinadas situaciones, tan sólo queda comprender que esto no trata de uno mismo. Que todas las historias, todos los cosmos independientes que constituyen cada persona son demasiado complejos para no contemplarlos y eludirlos (absorberlos), como se actúa desde la grandeza. Por lo tanto, la observación sólo se puede llevar a cabo desde lo pequeño. Desde la visión de que en medio de toda esta heterogeneidad, esto no puede tratar de mí. Que la Tierra, con sus complejidades, y lo que popularmente llamamos ‘vida’, no puede basarse en mi pequeñez.

Y no se trata de resolver ahora de qué o de quién trata esto. Al fin y al cabo estoy expresándome en un texto del que difícilmente se recogerá algún comentario y yo no hablo sólo. En cualquier caso, ya he manifestado mi motivo. Pero lo que realmente quería compartir es lo grande que resulta descubrirse pequeño. Lo marcadamente sentido que es comprender que ‘esto’ no trata de mí. Creo que todo ‘esto’ es un bello e inmenso colectivo de pequeñeces.

lunes, 1 de mayo de 2017

Avijit

Hace apenas una semana lo vi por primera vez. Vi a Avijit. El contexto es sencillo. Llevábamos tiempo sin ver un documental y contaminándonos con series y películas. Con ficción en general. Verdaderamente me apasiona descubrir historias, incluso aún cuando no son reales. Pero siento que te acaban destrozando y uno se convierte en un conjunto de referencias y citas a momentos que no han existido. Pues eso. Aquella noche Diana, mi mujer, tuvo a bien insistir en ver un documental. Yo sentía la habitual apatía que me caracteriza cuando bajo del tren que me lleva a mi casa cada noche. 

Quizás la apatía sea, a veces, el terreno óptimo para dar lugar a experiencias que generarán un cambio en nuestra manera relación con la realidad. Sólo sé que aquella noche nos sentamos a cenar con el documental Born into the brothels. Y ha venido a ser una experiencia de cambio. Un choque para lo que defino como "mi realidad". Ahí es donde vi a Avijit. Un niño que juega con una cámara de fotos en el marco de un destino fatalista y condenado. Pero esto no es una crítica sobre el documental. Por ahora, he dejado de escribir cosas que crea que pueden tener un cierto sentido literario y colectivo. Puede que explique los motivos en otra ocasión, cuando yo mismo me aclare también al respecto. Así que ahora me dedico a explicar como me siento, la futilidad de mis emociones. Todo lo que me impacta y sorprende. 

Y ahí aparece Avijit. Un niño de unos ocho años, qué sé yo, que habla sobre la falta de esperanza en el entorno en el que se encuentra. El primer pensamiento que recibo es el de la madurez. Después, Diana me hace recordar que ningún niño debería ser lo suficiente maduro a esa edad como para hablar de esperanza. Es obvio que hay una carencia importante en la infancia de Avijit. Y no me refiero simplemente a los recursos. Desde entonces no he dejado de preguntarme qué es lo que lleva a un niño de ocho años a hablar de esperanza y a reconocer su falta en el entorno en el que se está criando. 

Sé que mi falta de respuestas a esta pregunta es sintomática. Mi infancia ha sido feliz y despreocupada y no puedo llegar a comprender íntegramente la vivencia de Avijit. ¿Pero no debería bastar con el deseo y la voluntad de empatizar? Me he dado cuenta de que la única forma de establecer un vínculo directo con el dolor ajeno es experimentándolo al mismo nivel que lo ha hecho la otra persona. Lo cual es imposible, porque nunca conoceremos a todos los seres vivos de este planeta ni sus situaciones. Pero el mundo es una persona, y una persona es el mundo. 

Y mientras escribo esto y vuelvo a pensar en Avijit me doy cuenta de que no tiene sentido lo que estoy planteando porque si todos tuviéramos que cargar con el sufrimiento de todos el mundo sería simplemente un lugar de sufrimiento. Entonces me acuerdo de otra niña que aparece en el documental, Suchitra. Hay un instante de la secuencia en el que Suchitra habla de lo dolorsa que es la vida y lo cargada de sufrimiento que está. Si las palabras de Avijit mantienen mi pensamiento hipotecado por ahora, sé que mi deuda con lo que dice Suchitra persistirá para siempre. ¿Cómo podré yo llegar a comprender a esa niña que friega cazos en una casa del barrio rojo de Calcuta y que, de repente, ante una cámara, afirma que la vida es dolor y sufrimiento? 

No creo que sea algo repentino, fugaz. Tampoco es una cuestión de madurez o precocidad. Sencillamente, Suchitra está siendo el vehículo que transmite esa verdad de tal magnitud. Que, ciertamente, la vida es dolor y sufrimiento. No dificultad y lucha. Dolor y sufrimiento. Y de una magnitud y complejidad inmensas. Porque todo esto, esta vida, no trata de nada más que de Avijit y de Suchitra.

domingo, 23 de abril de 2017

El tren de las 07:13

Sé que el título es muy de película de domingo por la tarde, de esas que proporcionan una buena excusa para arrancarle una siesta a cualquiera que trabaje entre ese espacio de tiempo tan indefinido como es el que existe entre los lunes y los viernes. Pero forma parte de la identidad más básico de uno de mis escenarios habituales de cada mañana. El tren de la 07:13. La estación vacía. El hombre de la máquina enceradora y la mujer de la taquilla que te saca el billete como si le resultase automático, de manera mecánica. Esta imagen me aterrorizaba no hace mucho. Básicamente porque la relacionaba como uno de los elementos que construyen mi rutina. Y ciertamente lo es. Pero entonces mi miedo no era hacia el tren de las 07:13, sino respecto al hecho de afrontar mi día a día. 

Aunque me niegue a reconocerlo mediante cualquier evidencia externa, una de las cosas que más me divierten de la situación es el hecho de reconocerme ya con el resto de personas habituales en el tren de las 07:13. Al encontrarnos intercambiamos una, dos o hasta tres miradas. Como si cada uno estuviese pasando su reconocimiento habitual del escenario y los personajes que suelen conformarlo. De hecho, cuando no cojo el tren de las 07:13 me pregunto si alguien se ha fijado en que no estoy y ha pensado en mí. 

Y es que creo que hemos aislado el tren de las 07:13 de la situación en la que nos encontramos y lo hemos incorporado al pequeño universo de espacios con el que edificamos nuestro concepto de realidad. Nuestra realidad, en definitiva. Aunque el propósito del viaje en el tren de las 07:13 sea leer, escuchar música o dormir, hasta el punto que parece que unos hilos invisibles nos saquen de nuestras camas a esa hora y nos transporten hasta el vagón para proseguir allí después, siento que es un escenario que se ha incorporado a mi vida y con el que interactuo y en el que me desarrollo. Por tanto, debo amarlo. 

Resulta extraño amor lo que uno no escoge pero creo que al basarme en mi capacidad de elección, muchas veces estoy perdiendo una inimaginable posibilidad de establecer un contacto diferente con un escenario, un momento, una persona. Y me he dado cuenta que eso sí que lo define a uno. Esa misteriosa relación que surge de la nada pero lo hace con la pureza de la ausencia del prejuicio y el sobrevalorado conocimiento previo. Entonces, no resulta tan difícil aprender, dejarte llevar y producir algo de amor. Hasta por un tren que sale cada día a las 07:13 de la estación. 

No me he vuelto loco. No estoy enamorado de un tren. Tan sólo siento que crezco a través de lo que ha venido a representar en mi vida. El escenario que me causaba terror, aunque sigue siendo cansado y aparatoso, se ha convertido en un espacio con un sentido concreto y a mí en su testigo de cómo muchos elementos que parecían dormidos o que no habían despertado, aparecen de manera espontánea en mi visión de la realidad. En mi realidad, en definitiva.

lunes, 10 de abril de 2017

La ciudad amarilla

Donde vivo, por la mañana temprano, todo parece amarillo. No es que sea algo inusual ni extraño. Supongo que es el tono de las farolas que hay en las calles, que lo revisten todo de un canario limón intenso y no apto para cualquier esquizofrénico que ande perdido por ahí a las siete menos cuarto de la mañana. Al principio de todo, cuando llevaba poco tiempo siendo testigo de ese momento tan concreto del día, me sorprendía ante la visión, al parecer sacada de alguna película de espionaje de ambientada en una gran ciudad durante los años setenta. Sentía que sólo me faltaba el cigarrillo y el sombrero. Ahora comprendo que guardo una relación estrecha con el aspecto de ese color amarillo. 

Igual de intenso. Igual de chillón y pálido a la vez. Tan fuerte como para cubrirlo todo y tan frágil como para desvanecerme con la primera luz clara y concreta del día. También las personas parecen diferentes a los ojos de ese amarillo específico. Los autobuses cruzan las carreteras vacíos, sin nadie que mire ni nadie a quién mirar. Y entonces me pregunto si soy el único que se siente como un extraño, como un ser completamente ajeno en medio de esa situación.

Vuelvo a ver el amarillo y pienso en los momentos en los que me irrito. ¿Serán consecuencia de la visión de ese tono tan particular o es que soy yo el amarillo sin remedio? Siempre he creído que no somos producto de nuestras circunstancias y, sin lugar a duda, ese amarillo es producto de aparecer en un momento del día en que la luz solar todavía no es lo suficientemente fuerte como para desvanecer su intensidad. Pero sigo creyendo que las situaciones no pueden definir cómo somos. Tan efímeras y pasajeras. Tan desconocedoras de lo que en realidad nos ha llevado hasta ellas. ¡No tienen ni idea!

Sin embargo no se pueden evitar. Ahora mismo no puedo separarme de ese amarillo canario limón intenso, no apto para esquizofrénicos perdidos en la gran ciudad a las siete menos cuarto de la mañana. Al contrario, creo que nunca antes se ha dado mejor escenario para la admiración y el aprendizaje, por eso lo contemplo y lo observo, maravillado, atónito, sorprendido de la belleza que guarda en su esencia aunque su forma, a veces, resulte dolorosa al contacto visual.

Por supuesto que esto no va de colores. Ni mucho menos de un amarillo, por muy particular que sea. Esto trata del propio ser, y la manera en la que afronta los diferentes escenarios en los que se va encontrando. Tanto para contemplación de unos mismo como para inducción en la dimensión divina que corona todos y cada uno de esos escenarios. Perdón por este último tono. Debe haber sido un destello del amarillo que soy. Siento, y en segundo lugar veo, que el día comienza a clarear y todo se vuelve azul. Un azul apagado  terroso. Y todo se convierte en algo realmente bello que me cuesta describir. 

sábado, 1 de abril de 2017

La danza del ser

Un largo paseo, sin prisa, por una larga playa, sin final, en un largo silencio. No es más que un sueño, aunque es posible que últimamente se hayan alterado los límites entre mi percepción de la realidad y los sueños. Hoy no escribo por nada más que por escribir. Porque así me alejo de mis circunstancias, de la situación, y me recuerdo a mí mismo que no es ésta la que me define, sino lo que soy. Porque no nos reconocemos en aquello en lo que estamos. Ni siquiera en lo que podemos llegar a convertirnos, sino en lo que somos.

Siento como mi ser danza. Y no hablo de la estampida tan variada de emociones que pueden recorrerlo a uno durante la semana. Precisamente, creo que hay muchas emociones que están sujetas al escenario en el que nos encontramos. Me refiero a todos esos movimientos que te conducen a la plenitud. Porque la plenitud es espontánea e imprevisible, pero completamente conocedora de su esencia y con un carácter perfectamente definido. En mi caso, como siempre recuerdo, esos movimientos están ligados a mi fe en Jesús, la plenitud para mí. 

Me gusta el periodismo. De verdad que me encanta. Pero ahora comienzo a preguntarme si lo que yo había entendido como periodismo es diferente de lo que me estoy encontrando hasta ahora. No quiero volver a hablar de precariedad, de alter egos y de señores y señoras de la guerra de los medios. Tan sólo expreso mi confusión ante un escenario que no da respiro. Y mi cansancio, aparte de emocional, también necesita respirar. Eso es lo que me lleva a pensar si se ha alterado mi percepción entre realidad y sueño en relación con el periodismo.

Supongo que también hay lugar para dilemas durante la danza del ser. Pero ¿acaba en algún momento esta danza? Si he comprendido lo que creo que significa, espero que no. Imagino que los dilemas sí. Por eso intento no preocuparme demasiado y trato de vivir las circunstancias, el momento, no en base a lo que ellas me dictan que sea, sino como soy. Qué fácil me ha quedado escrito aquí y que complicado es cuando estoy lejos de este espacio. 

Quizás este soñando en este momento, o no. Perdón, no quiero añadir gratuitamente misterio al texto porque yo no soy misterioso. Tan sólo quiero escribir, tal y como me dicta esta danza que experimenta mi ser. Con influencia de las emociones, sin duda, pero con la mira en esa plenitud que es el fin de esta baile.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Hemingway me ha invitado a hablar

Lo cierto es que no tenía pensado escribir esta semana. No me siento cómodo ocupando el espacio público con mis pensamientos, pero lo siento. Hemingway me ha invitado a hablar. Y para mí la escritura es el altavoz que más concreción demuestra en el ejercicio comunicativo. Esta semana lo demostré, leyendo El viejo y el mar, cada día en el trayecto del tren. Ese espacio al que, en cierta manera me voy acostumbrando cada vez más, y que ha terminado por despertar en mí un extraño sentimiento hogareño. ¿No resulta curioso que la distancia que tengo que recorrer hasta el trabajo, algo que evidentemente me limita tanto, esté provocando en mí el mayor ritmo de lectura con el que jamás había leído en mi vida? ¡Qué paradoja! Algo que resulta ser una limitación asfixiante, por otro lado está cargado de liberación.

Y ahí me encuentro. Sentado en el mismo asiento de cada día, observando cómo el paisaje despierta al amanecer por la misma ventana de cada día. Básicamente, porque a esa hora no hay nadie que pueda quitarme el sitio. El viejo, el mar y yo. Tres arquetipos de caminos entrelazados. Me pregunto quién debo ser. Si el viejo, el mar, el pez pescado o los tiburones. Tranquilidad. No estoy desvelando nada del argumento del libro. Es algo mucho mayor que cualquier simple descripción que yo pueda hacer aquí. 

Lo cierto es que hay momentos en los que siento que soy el viejo. Atrapado en el mar, como si se tratase de una situación vital específica, mientras éste me trabaja y me cansa hasta creer que desfallezco. Pero al mismo tiempo aprendiendo, en y de la soledad. Ninguna novela había despertado en mí tal sentimiento de compañía como esta de Hemingway, a lo largo de las páginas en la que el viejo se encuentra solo, en el mar. ¿O quizás sea el mar? Pero ¿puede alguien convertirse en sus circunstancias? La relación del viejo con el mar no es la de un simple sujeto y su escenario, sino que llega al punto en que se fusionan y un pierde de vista dónde comienza el viejo y en qué lugar acaba el mar. ¿Acaso no son el tren y mis viajes en él, las mañanas y las noches a la luz artificial de las farolas, el paso de los días en el calendario, una extensión de mi propio ser? Creo que estoy en relación con todo ello en la medida en la que interactúo y reacciono a todo ello. No dejo de plasmar mi carácter. 

Luego está el pez pescado, que me hizo pensar si había cometido el error de llegar a acomodarme tanto en mi escenario que no había visto venir la extraña y misteriosa oscuridad que me captura. Si mis raíces en un contexto determinada me habían cegado ante el anzuelo. En el libro me molesta que el viejo hable con el pez porque lo ha matado y ya no podrá volver a nadar. También me veo a mí mismo, malvado, en la figura de los diferentes tiburones. Aunque elegante, el Mako no deja de querer comerse al pez y provoca la reacción agresiva del viejo. Por eso se acaba hundiendo en el mar, muerto. Me pregunto en cuantas ocasiones habré disimulado lo malo de mis actos y mis palabras en bonitos y elegantes movimientos. Este aspecto humano, siempre que lo descubro, me asusta. Por eso el fin es el mismo que el del resto de tiburones, los Galanos. Menos sutiles. El reflejo translúcido del mal. La visible oscuridad del mar, tal como se refleja en el relato de Hemingway. No me cuesta nada sentirme identificado con ellos porque lo único que hacen es devorar, saciar su carne con carne. Y esto le es innato a cada persona. Aún así los repudio, incluso más que el Mako, y soy consciente que con ellos me repudio a mí mismo y, por tanto, a mi situación. 

Probablemente ese sea mi error. El repudio de las circunstancias y el contexto en los que constantemente olvido que también se encuentra representado mi ser, por extensión, sufriendo y llorando, riendo y gozando. El viejo no pregunta. Yo sólo hago que preguntar qué clase de mar es este en el que me encuentro y si se ha roto mi barca. Pero ya lo responde el mismo Hemingway cuando dice: "Ahora estaban en el tiempo de los ciclones, y cuando no hay ciclón en el tiempo de los ciclones es el mejor tiempo del año". No sé si ha habido ciclón o no. No sé si me encuentro justo en medio de uno. Sea como el viejo, el pez pescado, el mar, o alguno de los tiburones, aquí me encuentro, en mi barca, en lo que podría estar siendo el mejor tiempo para mí, ahora.

sábado, 11 de febrero de 2017

Insaciable

He decidido liberar mis sueños para que puedan ir al lugar que les corresponde y que ahora desconozco. Liberarlos y liberarme, porque lo cierto es que últimamente me han resultado pesados. No se trata de una renuncia. Quizás haya sido el planteamiento de sueño que hace nuestra sociedad, como si se tratase de una línea limítrofe cuya consecución define la diferencia entre una vida de fracaso o de éxito. Y en un contexto tan emotivamente opresor, a veces lo mejor es alejarse. O alejar el objeto del enfoque de esa opresión. 

Me resulta demasiado simplista el razonamiento que trata los sueños como si fuesen algo que sencillamente hay que cumplir para obtener un estatus mayor de felicidad o realización personal. No deja de ser otra muestra de esta idea de acción-reacción en la que vivimos atrapados constantemente. Quiero que mis sueños me acompañen toda mi vida. Que aprendan a alejarse cuando sea conveniente y a desaparecer si la ocasión requiere de un sacrificio superior. De hecho me niego a convertirlos en otro eslabón más de este entendimiento tan banal de las diferentes realidades del mundo. 

Parecemos educados para construir nuestras vidas alrededor del trabajo. Incluso nuestros sueños. Hasta el punto que estos se acaban solapando y perdemos la noción que diferencia un elemento del otro. Esto es lo que me hace sentir cargado. Me cansa, tanto como lo hace el abanico de analistas políticos que monopolizan todos los canales de difusión, con un egocentrismo que me supera, para decir lo que quieren decir sin preguntarse si es lo que se necesita o no. 

A veces me descubro a mí mismo insaciable ante esta realidad. Con ganas de devorarlo todo. Sueños, trabajo, relaciones, y todo bajo esa idea de que necesito alimentarme. Entonces sé que ha llegado el momento de alejarse. De retirarme del monstruo de la actualidad. De la cultura del ego. De los analistas políticos que monopolizan todo el espacio. De mis sueños, que se han fusionado con el trabajo e intentan atormentarme para que los sacie. 

Y nunca estoy lo suficientemente lejos. Pero cuando a veces consigo distanciarme, por poco que sea, me doy cuenta de que todo es una ilusión. Una cruel ilusión sistémica que ha establecido un orden de vida salvaje y egoísta, cruel e impúdico, en el que todo se construye alrededor de la necesidad de saciar el apetito y la sed propios, que no conocen límite. Desenfrenado. Insaciable.

sábado, 4 de febrero de 2017

El paredón

Sucede que en un momento preciso y concreto, como en una chispa de instante, nos encontramos ante la otra realidad. Aún no sé si llamarlo otra realidad o la realidad de la otra (persona, por supuesto). En cualquier caso, me refiero a la idea del hallazgo de otra existencia ajena a la propia y la realidad que ésta conlleva consigo misma. Porque, ¿qué es la realidad? ¿Mi vivencia? No sé si aquí puedo hablar de comprensión, pero cada día se hace más evidente en mi concepción del universo lo pequeño y diminuto que llego a ser. Quizás por eso, sienta la necesidad de generar recuerdos en la personas a quienes conozco. Para garantizar que, al menos algo, perdure. 

Entonces aquello que considero la realidad no es nada más que todo el conjunto de mis pensamientos y de mis vivencias, mezcladas entre sí y alteradas sin ningún orden. Las mías, las de un minúsculo creador de recuerdos. ¿Cómo puedo pues, fiarme si quiera de mí mismo? La autocrítica es uno de los mayores regalos que nos podemos hacer, por tal de mantener controladas la infinidad de aspiraciones de esa visión tan particular acerca de la realidad. 

Sucede, como decía, que en un preciso momento nos encontramos con la otra (realidad y, por tanto, persona, o viceversa). Y siempre surge, en medio de lo considerado como propia realidad, un cierta idea de invasión, de contraposición. Un eclipse de luces invisible. El paredón. Ese momento, ese espacio, ese instante en el que la realidades encontradas se convierten en alter ego enemistados, incomprensibles, juzgados. 

He comenzado a creer que utilizamos las ideas, las creencias, las maneras de las otras (personas, por supuesto) como un simple pretexto para justificar un rechazo generalizado, o bien la supremacía de lo propio. Sólo las descerebradas (personas, por supuesto) añaden la raza, el origen o la lengua a ese pretexto. Pero de una manera más o menos refinada, el paredón recibe su alimento y todos nosotros aseguramos este magma de valores y de acciones-reacciones que hemos construido y establecido. 

Esta semana estaba grabando en el juzgado. Pasan dos (personas, por supuesto). Me piden que les pregunte algo. Me niego y comienzo a sentirme incómodo. Deciden marcharse. Pero no se han ido en mí. Estaré los próximos minutos alimentando mi realidad, alimentando mi paredón. El lugar al que yo envío a quien yo quiero y cuando quiero. Voy conduciendo. Me distraigo y ocupo un momento el carril de la izquierda. Más atrás viene un coche de alta gama, nuevo. Me pita durante varios segundos. Vuelvo a sentirme incómodo. ¿Debería preparar el paredón para mí mismo? Una víctima propicia a la otra. He cometido un error, pero él ha exagerado. ¿Por qué hay que llegar a una resolución concreta? ¿Por qué necesita la realidad propia obtener una conclusión? Odio el peso de esa necesidad y lo interiorizado que está. Ahora no sé si era esto lo que quería decir. Ni por qué lo quería decir. Al fin y al cabo, estoy reclamando, me estoy apropiando de un espacio público con esa necesidad de generar recuerdos. Mientras tanto, he ido limpiando el paredón para cuando crea que vuelve a ser necesario. Todo lo justificamos bajo la tiranía de la necesidad.

sábado, 21 de enero de 2017

Sombra

En un determinado momento a lo largo del día, a lo largo de la semana, a lo largo de esta experiencia rutinaria que se acaba imponiendo como única medida del tiempo, sucede algo y entonces mis pensamientos se desencadenan. Y no es que pierda el control de la situación, sino que sólo entonces recuerdo que no lo tengo. Así, la consecuencia de aquel algo que ocurriese antes viene a ser más evidente. Una evidencia que duele y aprieta los sentidos. Soy una sombra de lo que soy.

Poco a poco voy arrancado la capa superficial de piel de la yema de mis dedos. Siempre he creído que era una manifestación nerviosa, pero realmente no sé porqué lo hago. ¿Y si fuese por dotar de un mayor grado de excentricismo mi actitud? ¿Y si se tratase de una máscara? Ahora mismo siento que no puedo saberlo. Hace poco he leído Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi. ¡Qué libro tan hermoso! Ahora me encuentro explorando cuáles son esas razones del corazón que hacen tambalear todo el universo comprensivo y conceptual que me he ido fabricando. Quizás por ello sienta que no puedo ni tan siquiera saber por qué me destrozo los dedos, pese al dolor que me causan algunas heridas y la debilidad de la carne pelada. 

Pienso en si he ganado al día a día. Si hay algo digno de destacar más allá de la rutina de ir y volver del trabajo, alimentarme, vestirme, dormir, hablar con las personas de mi entorno. Soy poco sensible conmigo mismo y con mi rutina. A veces me desprecio. A veces la desprecio. Porque busco un elemento que revista de un carácter especial todo lo demás, que sirva como bandera de aquella jornada, que convierte en inolvidable el día, el momento. Siempre que me visita, esta carga me aplasta. La idea de mitificar el momento es demasiado pesada y poco sensible por mi parte. Para con mi fe en Jesús, en primer lugar, pues su camino es el de soportar el sufrimiento existente (y no el infundido por mí mismo). También para las personas con las que me relaciono cada día, a las cuales me ofrezco como sombra egoísta y no como marido, como hijo o como amigo. Y a mí, que trato de convencerme del sentimiento y del desamparo emocional como algo objetivo, como un elemento que debe condicionar la realidad que me rodea. 

Y vuelvo a sentarme frente a la pantalla, juzgándome por no usar una libreta. De nuevo la insensibilidad. El otro día tuve que saltar literalmente del coche para coger el tren, que ya salía. Me exijo reflexionar acerca del amor y del perdón; acerca de la justicia y la situación; acerca del periodismo que hago y del que me gustaría hacer. Y entonces vuelvo a verme zarandeado por el pensamiento y, de repente, la sombra. ¿Estaré perdiendo la empatía?

¿Cómo es el universo que me he ido construyendo? Ahora no puedo saberlo. Sencillamente, sentarme a ver cómo se destruye y viene a ser nada. ¿Cuáles son esas razones del corazón que lo convulsionan todo? Ahora no puedo saberlo. Tan sólo quiero dormir uno, dos, ocho días seguidos, sin despertar. Ignorar esa sombra que me incita al juicio y la insatisfacción, que me pesa y no me conoce. Ahora no puedo escribir, si no me exploro, si no me conozco. Si hay sombra en mi sombra.